
El legado dorado: la historia de la hacienda Santa Eulalia
I. El despertar en el corazón de la tierra
Mucho antes de que existieran linderos o mapas en papel sellado, estas tierras verdes y onduladas, entre ríos y montañas, pertenecían a los pobladores originarios, que conocían cada rincón del valle del Río Grande y de las estribaciones de los montes del Aguacate. El destino de la región, sin embargo, dio un giro decisivo con la llegada de los españoles.
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Apenas unas décadas después del paso de los primeros conquistadores por el valle, la Corona española fijó su mirada en este enclave estratégico. En 1587, solo 85 años después de la llegada de Colón a las costas costarricenses, el rey otorgó el primer título real sobre estas tierras. Aquella primera merced abarcó un territorio delimitado con precisión natural: desde la quebrada San Francisco hasta la quebrada del Roble, conocida como el Cacao, y desde el Río Grande hasta las faldas del monte del Aguacate. El paraje comenzó a llamarse San Juan Bautista y Santaolalla, en honor a la joven mártir hispana santa Eulalia, un nombre antiguo de origen griego que la memoria popular conservaría como Olalla.

Por su posición privilegiada en el centro geográfico del territorio, la hacienda se convirtió pronto en un punto de paso obligado: por sus senderos transitaron las caravanas del antiguo camino de mulas, precursor de los caminos de carretas, de las vías del ferrocarril y de las rutas modernas.
II. Tiempos de hidalgos y gobernadores
Con el transcurrir de las décadas, la hacienda no dejó de crecer ni de llamar la atención de las figuras más influyentes del poder colonial. En 1772 la propiedad fue ratificada y extendida formalmente mediante un nuevo documento de la Real Hacienda, emitido desde la Capitanía General en Guatemala.
En aquel documento se certificó a favor de don Ventura Sáenz de Bonilla la posesión de 18 caballerías, unas 900 hectáreas, declaradas realengos, es decir, bienes del patrimonio de la Corona española, en el sitio de Santa Eulalia. Ventura no era un vecino cualquiera: fue nada menos que 18 veces gobernador de las «Villas Viejas» de Heredia. Así, la hacienda se convirtió en refugio campestre y centro de operaciones de gobernadores, alcaldes y personalidades de alto rango que administraban la provincia colonial.
III. La fiebre del oro y el decreto de 1823
Llegó el año 1821 y, con él, la independencia de Centroamérica; pero en Santa Eulalia la historia apenas comenzaba su capítulo más brillante y codiciado. La hacienda había alcanzado una extensión monumental: 2.250 hectáreas que rozaban los límites de San Mateo y se proyectaban hacia el norte.
En esos primeros años de vida republicana la hacienda estaba en manos de Nicolás Castro, miembro de una familia patricia que pronto transformó la comarca. En las entrañas de sus tierras, cerca de Estanquillo, en los montes del Aguacate, descubrieron una veta aurífera legendaria: la mina de los Castro. Llegó a ser la mina más productiva de Costa Rica; cerca de 400 hombres extraían a pura fuerza y sin maquinaria hasta 14 libras, unos 7 kilos, de oro puro al día.

La riqueza atrajo a buscadores de fortuna de todas partes. Para poner orden entre la codicia y la propiedad privada, el 23 de marzo de 1823 se promulgó el primer decreto territorial de la zona tras la independencia. La ley trajo consigo un mapa cartográfico pionero, uno de los más antiguos que se conservan en Costa Rica fuera de una ciudad, que trazó una línea divisoria tajante: marcaba la jurisdicción de Alajuela y dejaba claro que, de la sierra hacia afuera, el pueblo podía extraer el metal, pero que el territorio de la hacienda Santa Eulalia quedaba reservado exclusivamente para sus dueños. Los caudales de oro extraídos en la hacienda fueron fundamentales para que, a partir de 1824, Costa Rica comenzara a acuñar sus primeras monedas de oro nacionales.
IV. Tierra prometida: caminos hacia el porvenir
Durante el siglo XIX, los dueños de Santa Eulalia moldearon la geografía humana del occidente del país:
- Don Ramón Jiménez, firmante del célebre Pacto de Concordia, asumió la legítima propiedad de las 2.250 hectáreas y más tarde vendió la hacienda a Ramón González, albacea de la familia Castro.
- El teniente de milicias Matías Sandoval y su yerno, el ilustre estadista José María Alfaro, futuro jefe de Estado de Costa Rica en 1844, vieron en estas tierras una oportunidad única para la colonización agrícola. En 1835 Alfaro tomó el control del fértil valle de los Palmares, unas 4.000 hectáreas colindantes con la hacienda. Para poblarlo, guiaron a unas 40 familias campesinas en una dura travesía por los caminos de la hacienda hasta llegar a esa «tierra prometida».
- En 1844 Alfaro consolidó legalmente el poblado de San Ramón de los Palmares y donó terrenos de Candelaria y Santiago, que antes habían pertenecido a la vasta hacienda, para asegurar caminos públicos y rutas de comercio.

Hacia 1850 la hacienda pasó a manos de Nicolás Ulloa Soto, presidente de la Asamblea, senador y hábil visionario comercial. Ulloa entendió que la verdadera fortuna no estaba solo en sacar oro de la tierra, sino en abastecer a las poblaciones crecientes con mercancías, licores (llegó a albergar estancos) y tapas de dulce, uniendo los caminos reales de Poás con los Palmares a través de la hacienda vecina de El Cajón.
V. El renacimiento del presente
Con el paso de las décadas y la reorganización de los cantones a inicios del siglo XX, los viejos linderos de la hacienda se fragmentaron y dieron origen formal al pueblo y distrito de Santa Eulalia de Atenas.
Sin embargo, el alma de la antigua hacienda nunca desapareció. Quedó resguardada en las recetas tradicionales de las abuelas, en las anécdotas de personajes como «Mamita Maura», inmortalizadas en la literatura por Fabián Dobles, en los libros de historia y en el antiquísimo pergamino colonial de 1587, celosamente custodiado en el Archivo Nacional.
Siglos después de que los reyes de España estamparan su sello, la gente de Santa Eulalia volvió a desempolvar esos mapas y títulos para recordar que su tierra no nació por casualidad: fue cuna del comercio, del oro y de los caminos que levantaron a Costa Rica.
Fuentes: Título real de 1587 y documento de la Real Hacienda de 1772 sobre el sitio de Santa Eulalia, Archivo Nacional de Costa Rica (2026-09-19) · Investigación documental de Rafael Barrantes y libro sobre la historia de Santa Eulalia de la Asociación de Desarrollo Integral; texto aportado por la familia (2026-09-19) · Acta de la sesión extraordinaria del Concejo Municipal de Atenas del 9 de abril de 2025 (Acuerdo n.º 4); copia en poder de la familia (2026-09-18)

